viernes, abril 21, 2006

El bamboleo del camello

El suave bamboleo hacia atras y adelante del dromedario estaba haciendo que Picentio se adormeciera. Con energia canto la primera estrofa de una cancion cuartelera. Sus hombres empezaron a seguirle con energia, por la cuenta que les tenia. Era un viejo truco beduino que les habia enseñado Ispahoe, el guia de Artemidoro.
Habia sido precisamente ese arabe maloliente quién habia traido a Artemidoro al oasis hacia dos semanas. Llegaron como llegaban siempre las cosas al oasis, delimitandose poco a poco en el horizonte a la difusa luz del alba, como conjuradas por la timida Eos Rhododaktilos, Aurora para los romanos como Picentio y sus legionarios. Aunque de alguna forma, en este lejano confin oriental del Imperio, parecia mas adecuado su nombre griego. Cuatro hombres y media docena de camellos, y un halcon que los sobrevolaba, siguiendoles fielmente como si de un perro se tratase.
Artemidoro le entrego un salvoconducto firmado por el mismisimo Cesar Augusto con toda la naturalidad del mundo y le dijo que necesitaba una docena de hombres y una veintena de camellos. Pese a su nombre griego y sus vestidos, propios de un nomada del desierto, llevaba el anillo de Equites, miembro de la primera clase censal, solo por debajo de la clase senatorial. En cuanto le presentaron al cinturon le quedo claro quien dirigia aquel remoto destacamento y empezo a prescindir de el por completo, presentando todas sus peticiones directamente a Picentio. Los legionarios no deberian llevar su equipo habitual, escudos y cotas de malla se quedarian en el oasis, montarian camellos y vestirian las capas y tunicas que llevaban los beduinos. A menos que prefiriesen cocerse como langostas dentro de sus armaduras, como los legionarios de Marco Craso 60 años antes.
Asi que en un par de dias todo estuvo listo, Artemidoro y su guia se dedicaron a hablar con los nomadas que acampaban en el oasis mientras el compraba los camellos y aprestababa todo para la partida, ya que Artemidoro habia decidido que el mandaria a los legionarios. No podia prescindir de alguien tan eficaz, dijo con una de sus equivocas sonrisas.
Si el griego era astuto y equivoco, sus otros dos acompañantes, Marco y Lucio, se conportaban de forma tan directa como brutal. Era dos tipos realmente enormes, de mas de metro ochenta de alto, musculosos y su manera de actuar y de andar revelaba que habian sido legionarios. No se les escapaba nada y protegian a Artemidoro como si fuera su propio padre. Y no se dejaban tirar de la lengua.
Pero la noche pasada, recordo con satisfaccion mientras acompañaba a los demas con la segunda estrofa de la canción, por fin habia conseguido que Marco le conto su historia. Eran pretorianos, miembros de la guardia de elite de Augusto, pero antes habian servido a las ordenes de Tiberio Druso Neron, y con las lagrimas a punto de saltarsele, y realmente era impresionante ver a aquel grandullon cuarenton a punto de llorar, Marco conto a Picentio como habian estado alli el dia en que Artemidoro habia salvado al General Druso, cuando los matasanos de la legion ya lo habian deshauciado. Asi que Lucio y Marco, que eran fanaticamente leales a Druso besaban el suelo que pisaba el griego.
Picenio no podia entender ese comportamiento hacia la familia imperial, real o como quiera que se la llamase ahora que Roma volvia a ser una monarquia pero sin volver a serlo del todo. Para el Augusto era una presencia remota, como el mismo Jupiter. Al unico miembro de su familia que conocia era a su otro hijo adoptivo, Tiberio, bajo cuyo mando habia servido en Germania, y era un autento cabron, una autentica manzana agria del famoso arbol de la familia Claudia. Afortunadamente el no era el heredero.
La cancion llegaba ya a su cuarta y ultima estrofa, la mas obscena de todas, cuando recordo otra conversación que habia mantenido la noche anterior. El joven Fulvio, que se las daba de intelectual, se acerco a el cuando revisaba las guardias, y con ademan conspirador le empezo a hablar en susurros:
-"Señor, cuando oi el nombre de nuestro ilustre huesped, Artemidoro, me parecio que no era la primera vez que lo oia, pero no conseguia recordar como ni donde."
-"Pues claro, idiota, el salvo el pellejo de Druso, seguramente alguien te conto esa historia"
-"No señor, no era de eso, lo habia leido en algun lugar. Artemidoro era el nombre del adivino griego que trato de avisar a Cesar de que iban a asesinarlo el mismo dia de su muerte, en las escalinatas del templo de Pompeyo"
-"Eso es imposible, ese hombre tendria ahora cien años o más".
-"Si sigue siendo un hombre"
Publicar un comentario